“Mi maestro el pulpo”, ganador del Oscar 2021 a Mejor Documental, retrata la relación que Craig Foster, protagonista y cineasta director del film, entabla con un pulpo. Día a día, durante casi un año, el hombre visita al molusco y se inserta en su hábitat hasta ganar su confianza; desde cosas muy simples como extenderle un tentáculo al hombre hasta otras más elaboradas, como utilizarlo como parte de su estrategia de caza, poco a poco el octópodo construye una relación casi simbiótica con Foster.

Esto deja al descubierto cómo el humano modifica la realidad del animal. De hecho, el mismo cineasta se plantea si su intervención es positiva o negativa para “ella”. Por que sí, el narrador se refiere a ella cuando habla del pulpo.

A lo largo de aproximadamente una hora y media se puede comprender cómo piensa el animal silvestre y, también, ver cómo cambia mientras más se acerca al humano. Y aquí es dónde viene el planteo: así como al pulpo, animales domésticos y silvestres pueden ser educados, aprender y tener relaciones cercanas con humanos pero, ¿es positivo para ellos?

Para comprender esto, es necesario marcar diferencias: “Los animales domésticos son aquellos que a lo largo de muchos años se fueron adaptando a vivir con el humano. Ellos son, entre otros: perros, gatos, palomas, vacas, cerdos, pollos, llamas. Los silvestres, en cambio, no son animales de compañía y no se los debe amansar, porque no van a vivir una vida plena”, explica Diana Abascal, veterinaria y etóloga. Por amansar, la especialista se refiere a lo que mal conocemos como domesticar, es decir, hacer el animal amigable al humano.

AMOR. El vinculo entre el pulpo y el cineasta fue tan grande, que admitió: “Me enamoré de ella, pero también de la naturaleza que representaba”

¿Todos los animales aprenden?

Claro está que no todos los animales poseen la misma inteligencia. Entre los domésticos, según asegura la especialista en comportamiento, el más inteligente es el cerdo. Entre los silvestres, “los más inteligentes son los de la familia de los primates. En Tucumán tenemos monos carayá y monos caí que son bastante inteligentes y crean una relación con sus cuidadores”, comenta Facundo Antonio Gómez, médico veterinario.

Ahora bien, ¿todo depende de la inteligencia? “A todos los animales se los puede estimular para que saquen esa inteligencia; a cualquiera se le puede enseñar dándoles premios, pero es importante saber que hay especies diferentes, con necesidades y recursos diferentes, entonces van a responder diferente y según su inteligencia”, añade Abascal.

Los animales, entonces, son adiestrados por este sistema de recompensas en el que el humano brinda algo (normalmente alimento) como premio por hacer lo que se le pide. Abascal considera que, más que por la inteligencia, que el animal “aprenda” (en realidad hay que hablar de adiestrar, no de aprender) depende de este sistema. “Va a empezar a relacionar a una persona con cosas buenas y obviamente, eso va a generar un tipo de vínculo porque sabe que lo favorece a el. Así, cualquier animal doméstico puede tener una relación estrecha con un humano. De hecho, se domesticaron para ello. No pasa por la inteligencia (que tenga) si no por la relación que se establezca”, acota. Con los animales silvestres sucede lo mismo: “es lo que se llama condicionamiento operante o refuerzos positivos, en los cuales va a haber un premio de por medio, para que ellos (los animales) hagan lo que uno busca”, agrega Gómez.

Compañía

Los domésticos, a diferencia de los silvestres, pueden convertirse en animales de compañía. “Son de producción (de granja), pero obviamente pueden ser mascotas, como el cerdo actualmente, cuya inteligencia se compara con la de un perro. Se le puede enseñar a sentarse, a darse vuelta, lo vas a llamar por su nombre y te va a responder”, cuenta Abascal, que asegura que en nuestro país se pueden encontrar cerdos que llegan a pesar 40 kilos (uno normal puede pesar hasta 400 kilos)

Cruzar un límite

Si cualquier animal silvestre se puede amansar, un tucumano podría entablar una relación con, por ejemplo, un ciervo. Pero esto no será positivo para la criatura. En el documental, Foster muestra que, un día, el pulpo le tenía tanta confianza que se movía con libertad en el agua. En otras palabras, bajó la guardia. Rápidamente fue atacado por sus máximos depredadores, los tiburones, que le arrebataron un tentáculo. Allí, reflexiona: “al interferir en la vida de los animales, cruzás un límite”.

Gómez coincide: “un animal que ha tenido un contacto tan estrecho con un ser humano no puede ser liberado. Está improntado (toma características humanas o se siente de esa especie), ve al humano como algo bueno, y, lamentablemente, no todos son buenos”.

Agrega que luego del contacto y el amansamiento, aunque sea en el propio hábitat del animal, es complicado que este vuelva a ser cómo antes.

No hay que romantizar

“Hay un video de un cóndor que se acercaba siempre a la casa de un señor que, en teoría, lo había rescatado de pichón y luego lo soltó. Entonces el cóndor volvía cada cierto tiempo y todos los medios lo mostraron como algo tierno pero, ¿que pasa si el cóndor no relaciona como enemigo a ningún humano y se acerca? Obviamente, corre riesgo de que lo quieran lastimar, le peguen un balazo”, reflexiona. “Quizá un día no vas vos y va un cazador, que puede ser furtivo. No va a pensar que la figura del humano le pueder daño. Le juega muy en contra a un animal silvestre amansarse”, concluye Gómez.